lunes, 25 de marzo de 2013

Me odio por quererte tanto
por no saberte tratar
por no poderte cuidar.

Me odio todos los días un poco,
quizás por no saber acariciarte
y guardarte en mis caricias.

Me odio por lo que hice de mí
por lo que hiciste de mí
por las distancias
por los besos y los abrazos perdidos.

Me destierro de la inutilidad
de las palabras
de la angustiante verdad
de no poderte tener, más que un ratito nomás
adentro mío
y no poderte guardar.
Como en una cajita,
para abrirte después,
para deshojarte
de a poquito
tan despacio
y ver caer
las lágrimas de entre tus ojos
y renombrar la primavera
y rememorar el otoño,
entre los dos.

Y deshojar margaritas
preguntarles mil veces más,
a la Luna,
si es que me querés,
si es que me extrañás,
si adorás a otra
o si tus manos encuentran frágil compañía
de la angustiosa soledad.

Me destierro una vez más, al país del que nunca podría haber más, salido
sin vos.
Sin voz.
Sin yo.

Me imagino mil y un más, realidades
en las que no fueran nuestras, las palabras
en las que no fueran nuestras, las imágenes
en las que no estuvieras vos, mi alma, y la tuya.

Te pierdo en vendavales caóticos
y te vuelvo encontrar,
para recordar que no fuiste nunca mío,
ni tan sólo un ratito, nomás.

Te odio, y te vuelvo a amar,
para encontrarte
y encontrarme jamás.
Ya el tiempo y las distancias dirán
cuánto me haces falta
acá en la almohada.

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